Ilegales

Hoy he vuelto a leer una noticia sobre hombres, mujeres y niños que abandonan su país y cruzan fronteras (andando, en patera o como sea) y de nuevo se me ha encogido el estómago.

Hoy he vuelto a preguntarme qué nivel de desesperación alcanza una persona para abandonarlo todo y buscar un pasaje (casi siempre envenenado y sin retorno) a este nuestro “primer mundo” (en el que no es oro todo lo que reluce, ni mucho menos) y hoy tampoco he encontrado la respuesta.

Hoy he vuelto a querer saber cuánto miedo cabe en una mente y en un cuerpo para arriesgar así la vida y otra vez que no he podido medirlo.

Hoy he vuelto a plantearme por qué, si todos somos iguales y queremos lo mismo, hay humanos “ilegales” y sigo sin entenderlo.

Hoy he vuelto a querer comprender cómo de mal están estas personas en lo que es o ha sido su hogar para correr todos los riesgos a que se enfrentan y hoy tampoco he conseguido imaginarlo.

Hoy he vuelto a pensar qué sucedería si nosotros, los de esta parte del mundo, sintiéramos tanta desesperanza y angustia como para actuar como ellos y… he  empezado a escribir esto.

¿Qué guardas en tu cajón?

Casi un mes sin publicar nada en este blog. Y no porque hayan faltado temas. Casi un mes sin escribir aquí. Cerca de 30 días, 720 horas, 43.200 minutos,… Una barbaridad de tiempo, o muy poco, según se mire.

¿Cuántas cosas pueden suceder en un mes? ¿Y en un día? Recuerdo más de una experiencia que, si bien apenas ha durado un minuto, ha dado lugar a cambios importantes para mí. Una decisión tomada (o no), un giro inesperado, un cambio de opinión, un no llegar a la hora, un autobús al que no he subido, un paso adelante (o atrás),…  En mi vida ha habido detalles que, aunque en su momento me han parecido una simple anécdota (o a veces ni siquiera eso), con el paso del tiempo han dado lugar a cambios significativos, para mí y mis circunstancias que diría Ortega.

¿Cuánto de lo que me ha pasado estos días que no he creado entradas en el blog he olvidado? ¿Y de lo sucedido en solo uno de estos días? Si no recuerdo todo lo que me ocurrió ayer, ¿cómo recapitular todo lo que he sentido, visto, leído y oído a lo largo de casi un mes?

Sea por exceso de datos, por falta de capacidad o por mi propia salud mental, ni mi cuerpo ni mi mente retienen toda la información que reciben. Y menos mal porque, para bien y para mal, creo que sería terrible recordarlo todo. Me parece mejor que mente y cuerpo hagan limpieza a menudo, que activen sus filtros y que guarden solo lo que de verdad importa. De esta forma, dentro de mí hay un cajón que conserva el olor y el color de aquella flor; la sensación de paz que me dejó aquel amanecer; aquella frase de ánimo que me dieron, aquel reconocimiento que tuve y también, por qué no, más de un rapapolvo que recibí y que ha resultado tan útil como acertado; el calor que me da el amor; esa canción tan chula que me pone las pilas; el sabor del chocolate negro; el tacto y la textura de la tierra;… ¿Qué sería de nosotros sin los buenos momentos vividos? Claro que también hay otro cajón para guardar algún que otro mal recuerdo, pero imagino que lo hace para ganar en experiencia y cambiar lo que no me hace bien (aunque no siempre lo consigo… A ver si la próxima vez no meto la pata.)

Mi mente también tiene un cajón para guardar algún que otro mal recuerdo (imagino que para ganar en experiencia y cambiar lo que no me hace bien, aunque no siempre lo consigo) y otro con un montón de datos que, si bien son importantes para mí, no es imprescindible que se queden ahí para siempre, porque podrían estar apuntados en el calendario o en un papel (son las fechas de cumpleaños de la gente valiosa para mí, varios números de teléfono o alguna de las citas de la agenda.)

Y si mi mente solo tuviera un cajón, ¿qué conservaría? ¿Qué hay de imprescindible y único en mi pasado para que mi presente sea pleno?

El diálogo mantiene viva una casa

La última vez que vi la película “Regreso a Howards End” me quedé con esta frase del personaje de Emma Thompson y creo que es verdad. Una casa se mantiene viva si hay comunicación entre quien la habita, si cada uno expone sus ideas o afectos de forma alternativa, que es como define el diccionario de la Real Academia al Diálogo.
Tan importante como poder expresarse es que haya alternancia al hacerlo, porque el diálogo no consiste en quitar la palabra al otro ni en hablar a la vez. si así fuera, estaríamos ante varios monólogos superpuestos que, antes o después, desembocarían en gritos, para, sino hacerse escuchar, sí hacerse oír. Sería algo muy parecido a eso que el diccionario define como “Conversación en la que los  interlocutores no se prestan atención”, es decir, un “diálogo de sordos, que no parece la mejor forma de mantener viva una casa, ni siquiera una convivencia.
Claro que siempre nos queda el “Diálogo de besugos”, esa “Conversación sin coherencia lógica” que, aunque no resuelve mucho, a veces sienta… tan bien…    Emoji

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La gymkana

Una gymkana es un conjunto de juegos y actividades que sirven para demostrar distintas habilidades, que se suele desarrollar por grupos y en la que se quiere tener la mayor puntuación posible, que generalmente, se juega al aire libre.

Con esta definición, que es mía y seguro que alguien mejorará, puedo decir que desde hace 10 días mi ciudad parece una gymkana. Diría que alguien ha mirado el calendario hace muy poco tiempo y, de repente, se ha dado cuenta de que o empezaban ya las obras previstas o llegábamos al 23 de mayo (jornada de reflexión) sin acabar la mitad (o menos de la mitad) de lo prometido (perdón, lo programado) y, justo en ese momento, ¡empezó el juego! Las calles se llenaron de excavadoras y hormigoneras; de máquinas para asfaltar de nuevo, de camiones que transportan los materiales y de máquinas para pintar las líneas en esas pizarras nuevas; de señales de “Cortado por obras” o de “Desvío por obras” y de operarios.

Una vez organizado todo la gymkana consiste en que los peatones suban y bajen bordillos transitorios, anden más para rodear o esquivar las obras, muevan el cuello en todas las direcciones para no tropezar con objetos extraños que haya por el suelo y, en su caso, salten estos objetos. Los conductores, que también participan, deben pensar rápidamente por qué calle girar para evitar las obras (en lo que sé no anuncian dónde ni cuándo se llevarán a cabo), esquivar peatones despistados que han salido al asfalto por donde no deben, esperar pacientemente a que el camión de turno termine de hacer esa maniobra imposible que le ha dejado casi encajonado en una calle estrecha y adivinar si habrá cerca un operario levantando una señal de stop, para tratar de evitarlo antes de que cambie algún semáforo.

En esta gymkana, el punto competitivo y la mayor puntuación se desarrollarán al final del juego,  el día 24, mediante elección popular. ¿El premio? Hay varios: La paciencia para aguantar el juego, la mejor forma física del ciudadano, tener calles recién asfaltadas, para algunos tener asegurados unos días de trabajo,… Ya sabemos lo que pasa en estos casos, ¡todos ganan!

Sé que me he desviado bastante del estilo de las entradas anteriores, pero esta vez me he inspirado en el ruido que llega desde la calle y… así me ha salido… *;) guiñando *;) guiñando

Interdependencia

Que los problemas de una persona corten de raíz 150 proyectos de vida, refleja que los humanos dependemos los unos de los otros mucho más de lo que imaginamos y que, por muy cuidadosos que seamos con nuestras actitudes y comportamientos, hay factores imprevisibles que pueden dar al traste nuestras expectativas, así que…

¡CARPE DIEM!

¿Te arrepientes de algo?

Hay quien dice que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho. No tengo porqué dudar de sus palabras, pero me cuesta creerlo. Yo sí me arrepiento de bastantes cosas de las que he hecho y de algunas otras que no he llegado a hacer, ya sea por miedo, por pereza, por… otro tipo de límites que se quedan para otro momento. 😉

Si pudiera cambiar aquello de lo que me arrepiento, no sé si lo haría. Al fin y al cabo, ese todo que es mi pasado es lo que me ha traído hasta aquí. Lo que he hecho y lo que he dejado de hacer han permitido que mi presente sea el que es (y reconozco que no me va mal) Gracias a mis errores pasados, o a pesar de ellos, estoy donde estoy.

Sé que volveré a equivocarme (esperemos que cada vez menos veces…) e ignoro lo que me queda por delante (no confío en bolas de cristal) Además, si el presente es lo único seguro que tengo, ¿para qué complicarme más la vida?

Nota: Recordar a menudo esta última frase. 🙂